¿Está bien colarse en TransMilenio?

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¿Está bien colarse en TransMilenio?

QUE NO PANDA EL CÚNICO

Por: José Báez G.

Si uno le pregunta a una persona que se cuela en TransMilenio si es correcto lo que hace, siempre encuentra una buena excusa: “Voy tarde”, “qué pereza subir el puente”, “no tengo plata”, “es mejor ser avispado y no bobo”, etc. Es cierto que el sistema tiene muchas falencias y que el costo es altísimo en relación con el salario mínimo. No obstante, tomar la decisión de colarse es una cuestión ética y moral frente a nuestros deberes como ciudadanos.

Hace poco vino a Bogotá Michael Sandel, un profesor de filosofía política en la Universidad de Harvard y su investigación se basa en el concepto de justicia. En sus clases y multitudinarias charlas enseña a sus alumnos a responder si es correcto o no hacer ciertas cosas. Intentemos, siguiendo su teoría, responder si está bien o no colarse en TransMilenio.

Para Sandel, la decisión depende de varios principios de raciocinio moral. El primero es la «consecuencia moral», que hace referencia a cuáles serían los efectos de hacer lo que estoy a punto de hacer. Por ejemplo, es muy probable que si me cuelo y causo un accidente que afecte a otras personas, las consecuencias morales del acto determinan que colarse en TransMilenio está mal.

Pero entonces, ¿qué pasa si me cuelo sin producir daño a alguien más? Acá entra nuestro segundo principio: la «categoría moral». Es decir, hacemos lo que es correcto guiados por unos derechos y deberes como ciudadanos. En otras palabras, hay unos principios fundamentales que no nos dejan tomar una decisión cuando creemos que está mal.

La diferencia entre ambos es una discusión filosófica entre el «Utilitarismo», una doctrina filosófica inventada por Jeremy Bentham, y el «Imperativo Categórico», de Immanuel Kant. Para Bentham, hacer lo correcto debe ser útil. Generalmente el análisis utilitarista es aquel que mide el costo versus el beneficio de tomar ciertas decisiones. Bentham considera que lo útil es aquello que no nos produce dolor sino felicidad, dos ideas poderosas que rigen la vida del ser humano. Por eso, bajo esta doctrina es correcto hacer lo que produce mayor felicidad para el mayor número de personas.

Desde el utilitarismo, colarse en TransMilenio podría ser un beneficio porque puedo ahorrar $23.000 pesos semanalmente. Pero, si lo analizamos bien, también existe la posibilidad de que me pillen y tenga que pagar una multa de $197 mil pesos, según lo estipula el Código de Policía. Si debo pagar la multa tendría que colarme 8,5 semanas seguidas, teniendo en cuenta que cada vez que lo haga me pueden poner otra multa. Además, hay un riesgo en que pueda ser atropellado por un carro o por alguno de los articulados. Entonces, mirándolo bien, desde el lado utilitarista tiene poco sentido colarse en TransMilenio, pues hay mucho en riesgo y no es útil.

Al contrario, la idea del «Imperativo Categórico» (o principio fundamental, si queremos llamarlo en otros términos) es que somos seres autónomos y racionales, y por eso cada persona tiene cierta dignidad que nos obliga a respetarle. Para Kant, los utilitaristas tienen razón en que todos queremos evitar el dolor y buscar el placer, pero considera incorrecto que esas dos ideas sean las que rigen al ser humano. Usar la razón nos permite separarnos, dice él, de ser criaturas que responden a impulsos y, por tal razón, buscar el placer no puede ser lo único determinante cuando tomamos una decisión.

Es verdad que solo el 18% de quienes usan TransMilenio se sienten satisfechos con él y que el servicio ha caído en los últimos años, pero ¿es esto una excusa para colarse? Veamos: según datos de la Secretaría de Movilidad, el año pasado el sistema movió 415.580 pasajeros al día. Con base en estos datos se determina la frecuencia de buses. El problema es que acá no aparecen nuestros cientos de miles de colados y, por tal razón, no se puede estipular una política pública acorde a las necesidades de la gente. Es decir, entre más me cuele en TransMilenio, peor va a ser el servicio.

El segundo problema es que al irrespetar el «Imperativo Categórico» que determina que colarse está mal, estoy incentivando a muchas personas a replicar ese irrespeto. Así, por ejemplo, si yo cruzo una cebra peatonal cuando no debo, estoy incentivando al resto de gente a que también lo haga. En muchos países el comportamiento de la gente asegura que todos hagan lo correcto. En Argentina, por poner un caso no muy alejado, no hay un sistema de seguridad que obligue a pagar el tren (que vale $1000 pesos colombianos), pero igual todo el mundo hace la fila y lo paga. Es como cuando uno va a un lugar limpio y le da pena tirar un papel. Hay una presión social, llamémosla así, de hacer lo que está bien. Como decía, también sucede al contrario: si me cuelo estoy mandando el mensaje a la gente de que es válido hacerlo.

Colarse en TransMilenio es un error tanto desde el punto de vista utilitario como categórico, porque el acto afecta cada vez más al mismo transporte del que tanto nos quejamos. Somos la gran causa del problema. Educarse, finalmente, es fortalecer estos principios de convivencia ciudadana. No se paga una universidad para obtener un cartón que me permita trabajar, sino para obtener las herramientas necesarias para saber qué es correcto y qué no. Tampoco hay que estudiar en las más prestigiosas instituciones (de hecho, muchos políticos corruptos salen de los mejores centros de estudio), sino que la tarea es cuestionar diariamente los actos que siempre hemos considerado normales.

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