Cinemateca Distrital: El otro lado de la violencia

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Cinemateca Distrital: El otro lado de la violencia

Por: Héctor Granados – estudiante

Ves una película sangrienta, algo así como IT, el film de suspenso y terror del momento. No deja de ser la típica película que te asusta y te produce miedo. Pero has pensado en ver algo diferente. Un poco de historia con cine clásico y de la vida real; escogiste cambiar de ambiente. Vienes a la Cinemateca Distrital fundada en el año 1971 y  ubicada en el centro de Bogotá, sobre la carrera 7 con calle 24. Ha sido desde entonces el lugar que te permite tener acceso al cine del mundo.

Lo primero y más tedioso es entrar a esta zona concurrida por todo tipo de personas. Tú eres una de ellas. Caminas por los senderos peatonales, las baldosas de los andenes parecen minas antipersonales. Es difícil caminar, te tronchas los pies y te tropiezas echando maldiciones e insultos al aire. Basta con llegar al centro para que te des cuenta que estás en una de las zonas del país más peligrosas y vulnerables. Habitantes de la calle tirados en el piso, vendedores ambulantes en cada centímetro de las aceras, jíbaros aprovechando el desorden para vender droga de todo tipo (cafuche, cripie, perico, ácidos, poper), o desde la otra visión de la vida, individuos echándose un septimazo. Atraviesas la selva de cemento, diría Héctor Lavoe. Sabes que vale la pena. Hoy vistes ligero; botas, pantalón tipo licra, blusa que baja por tu esbelto cuerpo hasta las nalgas, cadena brillante y plateada, un topo en cada oreja, una balaca que cubre el contorno de tu cabeza para recoger tu ondulado cabello hacia atrás, un reloj de pulso puesto en tu muñeca izquierda y una cartera de color negro. Lo más fresco y tranquilo, porque sabes que necesitas estar libre y relajada.

El ruido se apodera de las calles, artistas cantando, bailando, tocando instrumentos musicales, pintando figuras caricaturescas y vendedores ambulantes ofreciendo a grito herido los artículos que tienen para obtener un sustento diario, el humo de los buses y los jaladores de los restaurantes. El centro en carne viva.

Tú te estresas, sabes lo que significa el sector y lo inseguro que es. Pero tu paciencia se convierte en la mejor opción para disfrutar el cine que quieres ver. Una vez llegas a la cinemateca tu sonrisa enmarca delicados gestos de armonía. Ves detenidamente la cartelera de programación, tus ojos corren de izquierda a derecha palabra por palabra. Tratas de conseguir una obra que se aproxime a la hora del momento. Miras el reloj y las manecillas marcan las 4:43 pm. Revisas detalladamente la fecha y las películas para saber que función está disponible a las 5:00 pm. Ahí está, La virgen de los Sicarios del director Barbet Schroeder,  1999, Colombia, con una duración de 92 minutos. Decidida, das la vuelta y te ubicas en la fila que tiene al alrededor de 50 personas. Para matar el tiempo tomas la cremallera del bolsillo del blazer. La abres y luego sacas el teléfono celular. Marcas la clave. Luego de 17 minutos de espera y después de revisar tus redes sociales: Facebook y Whatsapp, se mueve la fila. Sabes perfectamente que ha llegado el momento de desconectarse del mundo. Mientras vas caminando rumbo a la puerta de entrada, revisas detenidamente la estructura del lugar en simultánea con un niño de aproximadamente de 10 años pidiendo que le compres unos dulces por cualquier moneda. Piensas y te preguntas por qué motivo los padres ponen a trabajar a sus hijos menores de edad. El derecho de las cosas sería que el niño estuviera en su casa estudiando. Le dices que no y el infante se aleja. Sigues chequeando el lugar que tiene una ventana lateral con bordes dorados y una puerta como si entraras a tu casa. Esto es la Cinemateca. Tu casa. A la entrada está el guarda de seguridad quien le da orden a la llegada de los visitantes. Saludas cordialmente y subes las escaleras de baldosa. Después de subir uno a uno quince escalones, das vuelta a tu mirada para llegar a la zona de taquilla. Abres tu cartera, sacas tu carnet de la universidad y con ello un billete de $2.000 y uno de $1.000. Por $3.000 disfrutas en este caso de cine colombiano. Muy económico. Una vez pagas al cajero regresas para tomar las escaleras, esta vez para llegar al punto de destino. Te quedas revisando las escaleras que te son un poco particulares ya que son en dirección y  forma de caracol. Observas el entorno. En esa zona del primer al segundo piso te das cuenta de lo fantástico que es el mundo del cine. Carteles de películas y documentales latinos y europeos. Hollywood les queda en pañales. Tanto por aprender en un solo sitio, la Cinemateca Distrital.

Chequeas el reloj por segunda vez en la noche y las manecillas del reloj marcan las 05:08 pm. Aceleras un poco el paso para llegar cuanto antes al auditorio. Te das cuenta de que el piso es suave; todo el segundo piso a excepción de los dos baños tiene tapete. No dejas de impresionarte con las infografías y carteleras de historias y fotografías de la realidad de Bogotá. Documentales puestos en la pared para ser contados desde un recinto donde la cultura hace parte de la imaginación de los cinéfilos.

Llegas al auditorio. Una cortina  de color vino tinto separa el exterior con el interior del mismo. Con la mano izquierda tomas la cortina, suavemente la corres en la misma dirección y te das paso lentamente hasta entrar. Con la mirada buscas una silla que se adapte a tus necesidades de cliente. Tapete en el piso de color rojo, alrededor de 300 sillas del mismo color, pantalla grande, ocho parlantes para el mejor sonido, láminas en las paredes de color madera, proyector de video en la parte superior de la pared trasera y  luces de ambiente suave. Ubicas una silla en la parte trasera dos filas antes de la última. Pides permiso a las personas que están sentadas y listas para ver el film.  Llegas a la silla que elegiste. Con tus delicadas manos tomas el cojín de la silla y lo bajas. Te sientas y te acomodas para disfrutar de la cinta.

Te asombras por las impactantes imágenes y por la historia que se desarrolla en la película. Una cinta de amor que aborda la realidad de un país que ha estado con conflictos de pobreza y rebusque. Actores interpretando los papeles de los jóvenes de Medellín en una realidad sin imaginarios. Dicen que la necesidad tiene cara de perro. Las oportunidades no son iguales para todo el país. Surge entonces el dinero a partir de una pistola y un pago que te dará para comer los próximos días. Así se promueve la indignación de la capital antioqueña. Te contrato, asesinas y te pago. Esa es la realidad de una de las regiones más importantes de la nación. Niños y niñas prostituyéndose para llevar comida a sus casas, o simplemente, para consumir drogas. No es tan diferente el centro de Bogotá de las Comunas de Medellín. Drogas, robos, prostitución y demás. Pero sabes que la verdad de tu país te hace único. Con identidad amas lo que tienes y donde vives.

Entonces imaginas que a pesar de las dificultades lo tienes todo. Bueno, lo que no tienen muchos. Te das cuenta que la vida tiene una profundidad inimaginable y que dentro de ella está la manera de elegir bien o elegir mal. Aquí está la diferencia de los que toman decisiones por obligación o por gusto.

A eso vas a la Cinemateca. Vas a descubrir los conflictos que yacen de la raíz de la vida. Agradeces a Dios por lo que tienes y lo que consigues con el sudor de tu frente. Logras comprender que la vida vale oro. Sabes que no siempre será fácil. Fin de la película. Tomás tu cartera, inhalas y respiras profundo y fuerte. Quedas con ganas de regresar para conocer más del mundo contado de manera diferente. Esperas que las personas que salen y que están obstaculizando la salida se dispersen. Una vez encuentras la oportunidad, te pones de pie y caminas lentamente hacia la cortina; la salida del auditorio.

Regresas por donde llegaste. Tomas la ruta de evacuación del lugar, escuchas murmullos de las personas que califican la película, otras, solo expresan sus sentimientos a partir de besos y abrazos; parejas que van al lugar para aprovechar la noche de manera distinta. Nuevamente revisas los carteles y la interesante programación de fin de mes. El ambiente va cambiando mientras bajas las escaleras y te acercas a la puerta. Sientes ambiente del Centro de Bogotá.

Siendo las 7:25 pm sales a la séptima, observas a tu alrededor, individuos caminando, tomando cerveza en los andenes, fumando, comiendo, riéndose con su grupo de amigos. Un hombre cubriendo a su chica con su abrigo. Frío, llovizna, pero con la mejor compañía. Tu memoria recobra las palabras de molestia y dolor del protagonista: “Esta sociedad permisiva y alcahueta les ha hecho creer a los niños que son los reyes de este mundo y que nacieron con todos los derechos. Inmenso error. No hay más rey que el rey ya dicho y nadie nace con derechos. El pleno derecho a existir solo lo pueden tener los viejos. Los niños tienen que probar primero que lo merecen: sobreviviendo”.

 

 

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